Ilustración de Juan Pérez Gaudio
Las calles de Myanmar son el escenario de una situación sombría pero a la vez conmovedora: miles de monjes budistas abandonaron la meditación y la quietud de sus monasterios para manifestarse pacíficamente contra el régimen castrense que domina la nación desde hace 45 años. La Junta Militar, haciendo caso omiso de las advertencias internacionales, aplicó su tradición represiva y la violencia volvió a abrir una herida en este sufrido país.
El Estado se llamaba anteriormente Birmania, nombre que mantuvo desde que fuera colonia británica hasta que la Junta lo cambió por Myanmar en 1989. Está ubicado en el sudeste del continente asiático, limitando al norte con China, al sur con el mar de Andamán, al este con Laos y Tailandia, y al oeste con la India, Bangladesh y el golfo de Bengala. Cuenta con 47 millones de habitantes, de los cuales el 87 por ciento profesa el budismo, razón por la cual los monjes son muy venerados. Sin embargo, eso no intimida al consejo de militares a la hora de reprimirlos.
Myanmar es gobernado por regímenes militares desde 1962. En el 88, un nuevo golpe subió al poder a la Junta, que se autodenomina Consejo Estatal para la Paz y el Desarrollo, aunque convirtió al país en uno de los más peligrosos y pobres del mundo.
El gobierno tiene una oscura tradición de torturas, trabajos forzados, tráfico de drogas, trata de blancas y represión de minorías étnicas (en el país conviven por lo menos 30 etnias). Es uno de los mayores productores de opio y de Heroína. Según la ONU, la desnutrición crónica afecta al 60 por cinto de los menores de cinco años, mientas que Amnistía Internacional denuncia la existencia de casi 1.200 prisioneros políticos y Transparencia Internacional afirma que Myanmar es el país más corrupto del mundo.